| Fecha actual : 08-02-2010 |
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EVOLUCIÓN HUMANAÚltima actualización: 25 de Junio del 20092- Introducción al libro, ¿Por qué creemos? 3- Introducción al ibro, Sensaciones, conciencia y aprendizaje 4- Artículo, Origen de las conductas humanas 5- Artículo, Base biológica de la formación de la cultura, enero 2009 Bienvenidos Todos El
propósito de este sitio, es dar a conocer los resultados de nuestra
búsqueda
de las respuestas que expliquen, el por qué los seres humanos somos,
aparentemente, tan distintos a las demás especies animales.
A lo largo de la historia, encontrar el origen de tal singularidad ha sido la motivación de innumerables personas, para proponer explicaciones de todo tipo, la mayor parte de las veces fundadas en creencias indemostrables. El nuestro es un intento serio por lograr que esas respuestas estén finalmente más allá de toda duda, por encontrar causas verdaderas que puedan ser demostradas. No pretendemos especular con elaboraciones intelectuales rebuscadas, ni agregar más interpretaciones a las propuestas que ya existen. Para formular nuestras hipótesis hemos comenzado por tomar lo que está, lo que sabemos que es cierto, aquello que por evidente parece haber sido pasado por alto. Para lograr que ésta búsqueda cumpla con el objetivo, partimos de lo que consideramos que es un principio básico, elemental e indiscutible, somos una especie animal y es desde esa perspectiva que hay que iniciar la investigación. Suponer que de cualquier modo las conductas humanas han superado a la biología que le dio origen, es pura especulación. Todo lo que somos y hacemos está dentro de las posibilidades de nuestros procesos biológicos individuales y en ninguna otra parte. Si la tarea de hallar los mecanismos que permiten que seamos como somos parece difícil, es porque estamos demasiado influenciados por las creencias que desde el inicio de la historia supusieron ya explicaciones extraordinarias para nuestra existencia y facultades. Así pues, sucesivas generaciones de pensadores han defendido el carácter excepcional de nuestras particularidades, muchos de los cuales han cambiado solamente el origen de la fuente, desde múltiples dioses hasta complejos y excepcionales procesos biológicos, de orígenes igualmente desconocidos e improbables. Los seres humanos tenemos una enorme contradicción, por una parte reconocemos que somos seres vivos y como tales nuestros organismos dependen de procesos biológicos que no se diferencian demasiado del de otras especies, y por otra parte tendemos a creer que de algún modo hemos superado nuestra herencia biológica para transformarnos en entes cuya capacidad de imaginar y de creer nos pone por encima de las otras criaturas alejándonos de nuestra condición animal. Tal contradicción es posible porque no hemos logrado vincular la capacidad de imaginar ni de creer con algún proceso biológico, pero el que no lo hayamos logrado no significa que no exista. En los textos que exponemos en este sitio, explicamos cómo es posible que la capacidad de creer se haya desarrollado a partir de mecanismos biológicos comunes a innumerables especies, que ésta evolución no tiene necesariamente nada de extraordinario, y porqué solemos creer que si lo es. En definitiva, explicamos porque los seres humanos evolucionamos para depender de nuestra capacidad de aprender y de creer, para sobrevivir. Gracias por su visita y su paciencia. Sergio Aranda Klein Santiago Chile marzo 2007 2- Introducción al libro, ¿Por qué creemos? ¿Por
qué creemos?, es el título de nuestro primer libro, en él exponemos las
reflexiones iniciales con que abordamos una aproximación general a la
comprensión del fenómeno de las creencias.
Pero, ¿qué tienen que ver las creencias con la evolución humana? Bueno, nuestra tesis inicial es que la elaboración de creencias constituyen el resultado funcional, el producto ¿final?, de la evolución de las capacidades orgánicas de la especie. Luego si comprendemos cómo y por qué se producen podemos rastrear el comienzo del proceso evolutivo de nuestras particulares facultades. Para comenzar diremos que nuestro análisis no pasa por valorar el contenido de las creencias, sino por tratar de comprender el origen de la capacidad de los seres humanos para generarlas. En este contexto formulamos la primera hipótesis, la cual sostiene que, toda creencia es equivalente en cuanto al proceso necesario para crearla, luego el tema sobre el cual trate es irrelevante desde el punto de vista biológico, nos da lo mismo cualquier tipo, las trascendentes o las mundanas, puesto que sostenemos que lo realmente importante es descubrir los mecanismos que hacen posible que ellas existan. Una vez alcanzada ésta comprensión esperamos que la razón e importancia de sus diferentes contenidos se hagan evidentes. Nuestra tesis es que la capacidad de generar creencias surge como efecto secundario de procesos evolutivos que afectan a diversas funciones orgánicas, siendo una de las más importantes el aumento de la memoria y la capacidad de almacenar recuerdos. En este libro pretendemos demostrar como la creciente utilización de los recuerdos constituye una fórmula de adaptación, que permite explotar diferentes hábitat, mediante el uso de los distintos recursos que esten disponibles en cada caso. Consecuentemente sostendremos que será la capacidad de recordar la que de origen al aprendizaje. Afirmaremos también, que en el caso particular del linaje humano, el aprendizaje adquirió la importancia de una especialización, es decir, se transformó en su principal herramienta de adaptación al medio. Al aumentar la capacidad de aprender se genera un proceso de realimentación positiva. A mayor aprendizaje, mayor posibilidad de éxito en la sobrevivencia y la reproducción tendrán quienes lo utilicen, luego el factor de uso de la memoria para recordar situaciones de peligro o de ventajas constituirá una variable de selección natural, que favorecerá una tendencia al incremento de la capacidad de almacenar y procesar recuerdos. Otra de nuestras hipótesis importantes sostiene que, llegado cierto umbral en la cantidad de recuerdos adquiridos su recuperación literal se hará cada vez más difícil, lo cual a su vez facilitará, mediante la combinación de ellos, la creación de recuerdos ficticios o inexistentes en la realidad perceptible, estos últimos serán los que llamaremos imaginarios, puesto que todo producto de la actividad mental podrá ser almacenado como recuerdos, ya sean reales o ficticios. De la elaboración de recuerdos imaginarios a la creación de creencias hay sólo un paso, puesto que afirmamos que creer es igual a imaginar que algo es posible. En otras palabras, una creencia es la transformación de un recuerdo imaginario en un potencial para la búsqueda y la acción. Todo emprendimiento, de cualquier tipo, es siempre fruto de imaginar que es posible lograrlo, de creer. Una previsualización completa del texto del libro, un resumen de éste, y la presentación en el lanzamiento, están disponibles en las opciones del menú de este sitio. El libro está disponible en algunas librerías y también hay una versión a pedido en línea, en el sitio: www.lulu.com 3 – Introducción al libro, Sensaciones, conciencia y aprendizaje Sensaciones conciencia y
aprendizaje
En el primer libro, ¿Por qué creemos?, hemos tratado de encontrar una explicación evolutiva al origen de la capacidad de elaborar creencias, puesto que sostenemos la hipótesis de que esta facultad es la que caracteriza la adaptación de la especie humana al medio, por encima de cualquier otra. Para rastrear con éxito la cadena evolutiva que condujo al desarrollo de la estirpe humana es imprescindible saber qué es lo que estamos buscando, nada sacamos con juntar huesos fósiles si no sabemos que esperar de ellos, digamos que, al parecer los paleoantropólogos tienen la esperanza de que un golpe de suerte les permita hallar “algo” que les sugiera la causa de la evolución de nuestras facultades. La propuesta que hacemos en este nuevo libro es muy distinta, más que analizar las diferencias morfológicas e incluso genéticas que nos separan de nuestros antepasados, tratamos de identificar el origen de esas capacidades a partir del conocimiento del funcionamiento actual de nuestro organismo. Una vez que sepamos como funcionamos, entonces, tal vez, podamos seguir la huella de su evolución. Pero, ¿cómo funcionamos?, ésta es la gran pregunta, Si son ciertas nuestras hipótesis de que la capacidad de elaborar creencias es nuestra principal adaptación y la razón de nuestra mayor diferencia con las otras especies, entonces lo que tenemos que averiguar es cómo las elaboramos. Lo que pretendemos no es nada más ni nada menos que hallar y explicar las relaciones que unen las diferentes reacciones y funcionalidades que desencadenan las conductas humanas, algunas de las cuales ni siquiera han sido definidas con precisión hasta ahora, como por ejemplo la conciencia. Creemos que justamente la imposibilidad de comprender estas funcionalidades se debe al hecho de que ellas han sido interpretadas como fenómenos estáticos, independientes o con importantes grados de subordinación entre si. La percepción, las sensaciones, la memoria, los recuerdos, la conciencia, el pensamiento, la inteligencia, los sentimientos y emociones, etc. corresponden a capacidades y efectos de un sistema dinámico que funciona como un todo, en relaciones orgánicas de estricta interdependencia, luego es imposible una comprensión correcta reduciéndolo a sus partes por separado. Nuestro enfoque ha consistido precisamente en tratar de hallar la relación funcional que las vincula, por encima de cualquier otra consideración. Con todo, nos hemos visto en la necesidad de encontrar algo más sutil, una razón de fondo que justifique toda reacción, todo movimiento. Puesto que no basta con decir que algo está vivo, hay que hallar el motor que lo diferencie de lo inerte, y que impulsa a los seres vivos a ejecutar las funciones que están capacitados para realizar, ya que los potenciales fisiológicos por si mismos no generan los movimientos que los caracterizan. Tiene que existir una condición previa e inherente a cualquier organismo. En la búsqueda de estas causas, realizamos un descubrimiento muy sencillo e importante a la vez, este es, que los seres vivos viven para seguir viviendo, y para lograrlo deben buscar y encontrar lo que sus organismos demandan por medio de primitivas instrucciones básicas o instintivas. La búsqueda de la que hablamos no trata de un proceso casual, eventual o aleatorio, todo lo contrario, hablamos de instrucciones imperativas, constantes y permanentes, que impulsan a lo vivo a conseguir lo necesario para seguir viviendo. La vida cesará entonces cuando el organismo deje de buscar, o cuando no encuentre lo necesario para seguir viviendo. Luego, sólo los seres vivos buscan y es en ese proceso que se desencadena la evolución. Todos los mecanismos para el desplazamiento e identificación de las substancias y condiciones necesarias para ejecutar los procesos metabólicos y de reproducción, constituyen las adaptaciones de los organismos al entorno en el que ejecutarán sus búsquedas especificas. En cada nivel de organización celular, desde las células individuales hasta el organismo en su conjunto, se realizarán búsquedas para obtener lo requerido. Las reacciones que desencadenarán el reconocimiento o las búsquedas deben formar parte de la química básica de cualquier estructura considerada viva. Tal vez no parezca mucho, pero el deseo de vivir o la voluntad, que normalmente asociamos con la causa que mueve a lo vivo, constituyen la manifestación evidente de la existencia de estas instrucciones elementales. La capacidad de un organismo para ejecutar y satisfacer sus búsquedas en periodos determinados, introduce la variable temporal como parte de su estructuración. La importancia de esta sencilla condicionante nos permitirá entender que, en el caso de numerosas especies que son capaces de elaborar recuerdos, y particularmente en el ser humano, muchas de sus búsquedas se ejecutaran primero entre esos recuerdos, provocando así el surgimiento de fenómenos como la conciencia, el pensamiento, y la inteligencia, los cuales son esencialmente efectos que emergen y se manifiestan en el acto de buscar y evaluar los contenidos de la memoria. Estos efectos no tienen en si mismos existencia material, del mismo modo que una canción sólo existe cuando es interpretada o reproducida, ya que, ni el interprete, la partitura o los instrumentos, son la canción. En forma análoga, la memoria no es la conciencia, sin embargo ésta emerge de ella cuando ejecutamos el proceso de búsqueda entre los recuerdos que se encuentran allí grabados. Finalmente, las creencias, al igual que las emociones y los sentimientos, son también el resultado, el efecto, de procesar recuerdos. Ninguna de estas consecuencias de la actividad mental ocupa un lugar físico, no obstante afectan físicamente al organismo, lo mismo que en el caso de la canción, cuya sucesión de ondas sonoras, ocupan un lugar en el espacio sólo mientras son emitidas, sin embargo no residen en ninguna parte. Todo lo dicho constituye una apretada síntesis de lo que proponemos y explicamos en nuestro libro. Esperamos que este enfoque nos permita conocer como somos realmente, y ponderar la importancia que le otorgamos a las distintas creencias como motores últimos de nuestros actos. Sergio Aranda Klein Santiago Mayo 2008 Éste libro está disponible a través de internet y existe la opción de previsualizarlo por completo en: www.lulu.com o pulsando sobre la imagen. 4- Artículo modificado el 13 de nov. 2008 Origen de las conductas humanas
La necesidad, la búsqueda y los gustos Extracto
de algunas de las principales ideas contenidas en el libro titulado,
“Sensaciones, conciencia y aprendizaje” publicado por editorial
Lulu.com el año 2008
Introducción Encontrar las razones biológicas de las conductas humanas no es ninguna tarea sencilla. A lo largo de la historia han sido expuestas muchas hipótesis que le otorgan a ciertas funcionalidades de origen orgánico, un papel preponderante en las causas de las singularidades de las conductas humanas, estas abundan en la literatura, como por ejemplo, la capacidad de poner atención o reaccionar ante una diversidad de estímulos, la capacidad de memoria o de recordar gran cantidad de información, la capacidad de pensar, de hablar, de imaginar, etc. y sin embargo a la hora de poner a prueba la preeminencia de dichos factores por sobre otros, nos encontramos con que las variables son siempre muchas más que las que abarcan las hipótesis. Esto es particularmente cierto en algunas áreas de estudio específicas, como por ejemplo las relacionadas con el aprendizaje. Cuando estudiamos los procesos de aprendizaje, el sujeto de observación es ya un individuo premunido de una serie de facultades que se dan por descontadas, puesto que las suponemos consustanciales a su propia naturaleza, aunque no comprendamos el origen evolutivo de esas funcionalidades, luego, estas facultades no formarán parte de la investigación, toda vez que constituyen los hechos o premisas sobre las cuales construimos las hipótesis, es decir, sabemos que los seres humanos ponen atención, recuerdan y piensan, esas son las premisas. ¿Y qué tratamos de averiguar?, pues cómo lo hacen. Pero tal vez las respuestas a los cómo, no nos expliquen lo que en verdad queremos saber, y esto es, conocer de dónde provienen esas facultades, la evolución de los mecanismos que las han hecho posibles, y en definitiva las razones de su origen primigenio. Creemos que las soluciones a estas interrogantes no están en analizar los datos empíricos de observaciones de conductas que siempre tendrán algo de anecdóticas, sino que yendo al fondo del asunto, cual es averiguar ¿por qué? o ¿para qué? el organismo ejecuta las funciones que las generan. Tratar de encontrar estas causas puede parecer un proyecto ambicioso, ya que nuestra lógica nos indica que si no somos capaces de entender, por ejemplo, como es que pensamos, parece que resultaría más difícil averiguar por qué lo hacemos. Sin embargo puede que sea exactamente al revés, y eso es lo que pretendemos demostrar. Veamos, si nuestra tesis inicial concibe el pensamiento, en la práctica, como un fenómeno orgánico independiente de otros, entonces resulta lógico evaluar sus efectos para determinar sus alcances. Pero por el contrario, si el pensamiento es un efecto en si mismo, entonces lo que estaremos evaluando serán reacciones secundarias. Analicemos un ejemplo, si un enfermo producto de su dolencia adquiere determinado comportamiento, tal vez el estudio de esas reacciones nos ayude a comprender que órganos pueden estar comprometidos en su enfermedad, o determinar de cual de ellas se trata, pero dicha información no nos dará antecedentes directos acerca de su origen, esos datos tendremos que buscarlos en una investigación diferente para la cual la sintomatología propia de la enfermedad podría aportar poco. Para ser más preciso aún, si los síntomas corresponden, por ejemplo, a una gastritis eso no significa que podamos inferir automáticamente cual fue la razón que la desencadenó. Resumiendo, el comportamiento o conducta del enfermo es el resultado indirecto o secundario del funcionamiento anormal de su organismo. Entonces, si el pensamiento es un efecto indirecto o secundario, no lograremos determinar su origen orgánico evaluando y catalogando la infinidad de reacciones fisiológicas que inducen la elaboración de pensamientos e ideas. Por el contrario, al igual que ocurre en el caso de las enfermedades con sus síntomas, las funciones orgánicas que provoquen el acto de pensar sólo indicarán, aproximadamente, en que órganos podrían estar radicado algunos de los procesos que lo causan. Ejemplos, si estamos necesitando encontrar pareja, pensaremos en el amor o en el sexo, si nos sentimos inseguros pensaremos en formas de protegernos, si tenemos ganas de sentir emoción o relajamiento, podremos pensar en actividades deportivas o recreativas, etc. Sin embargo el hecho de que podamos establecer ésta relación no significa que comprendamos el porqué, ni los mecanismos fisiológicos que provocan estas necesidades. La misma dificultad encontraremos para entender cualquier conducta a partir del estudio de la forma en que se manifiesta. Es también probable que esta sea la razón por la cual la psicología no puede elaborar teorías que predigan comportamientos, ya que para hacerlo debería considerar los procesos biológicos primarios que llevan a los individuos a relacionarse con el medio, desencadenando así las conductas, y no sólo evaluar algunos de los efectos perceptibles representados en la fenomenología de las mismas. Hasta ahora, estudiar lo que hemos llamado procesos cognitivos, nos ha llevado a radicar el pensamiento en las funciones cerebrales, pero no nos hemos acercado ni un ápice a entender cómo se realiza la relación con otros órganos ni por qué ocurre, esto, a pesar de enormes avances en neurología y otras ciencias complementarias. En definitiva, hemos establecido algunos cómo, pero faltan los porqués, y mientras no podamos responder estos últimos, la comprensión sobre el origen de los fenómenos conductuales estará seriamente restringida. Creemos que la comprensión de los fenómenos conductuales, cualquiera que ellos sean, deberemos encontrarlos en la evolución de la biología básica y común a todo lo vivo. Puesto que, si bien las consecuencias de las conductas humanas resultan particularmente sorprendentes respecto de los otros seres vivos, no es menos cierto que la raíz de muchas de ellas están presentes también en innumerables especies. Por otra parte, creemos que no es posible entender el funcionamiento de lo vivo si no es en la operación conjunta de todos sus sistemas. La necesidad Como los pensantes somos nosotros mismos, y en la mayor parte de los casos tenemos en muy alta estima nuestros propios pensamientos, entonces defenderemos aquello que se nos ocurra como cierto o verdadero. En otras palabras, el propio efecto de pensar nos hará equivocar el camino muchas veces, sobre todo cuando la observación de los hechos nos parezcan indicar una razón lógica, tal cual como les pareció a los antiguos cuando afirmaban que el sol giraba en torno a la tierra. En esa misma línea los seres humanos hemos observado la relación que existe entre un cambio en el entorno y la reacción que estos puedan provocar en los individuos. Este fenómeno lo hemos conceptualizado como el modelo de estímulo y respuesta. El modelo de estimulo y respuesta es de una lógica tan aparentemente sólida que lo damos por hecho, como si de una ley se tratara, puesto que las observaciones en que se fundamenta, las podemos comprobar en nuestra experiencia diaria (lo mismo que el sol girando en torno a la tierra). Sin embargo este modelo se basa en la constatación empírica de los hechos observados y no en la comprensión de las causas orgánicas que llevan a los individuos a actuar de determinada manera. Veamos un ejemplo, sabemos que si una persona tiene hambre, reaccionará con ansiedad frente a la comida, es un hecho, lo sorprendente sería que no lo hiciese. Pero, y si esa persona está enferma y no quiere comer a pesar de que su cuerpo requiere el alimento, bueno, sabremos entonces que hay una condición anterior que impide que la regla se cumpla. El punto es que antes de cada acción de cualquier ser vivo debe haber una condición previa que lo llevará a ejecutar cualquiera de sus movimientos. El hambre mismo es una condición previa para la reacción ante la comida. Toda reacción a aquello que a posteriori hayamos definido como estimulante, requiere de la existencia de condiciones previas, entonces, serán estas condiciones y no las situaciones externas las que determinen que cosa puede resultar estimulante. (si una persona ha comido en exceso, entonces más comida, que es el factor externo, puede resultarle indiferente, luego, la comida deja de ser un estímulo en estas circunstancias) Puede que parezca algo trivial y sin embargo no lo es. En éste caso el orden de los factores cambia radicalmente el producto. Para empezar, las condiciones del individuo le pertenecen a su organismo, representan el estado en que se encuentran sus procesos metabólicos, los cuales pueden ser independientes del medio externo. Por el contrario, las condiciones ambientales son obviamente externas. Digamos que los individuos deberán alimentarse sean cuales sean las condiciones externas a ellos. Entonces, cual es el valor del modelo de estimulo y respuesta, pues bien, nos permitirá conocer el “estado” en que se encuentran los sujetos de estudio, justamente apreciando su reacción respecto de lo que hemos determinado empíricamente que es estimulante bajo ciertas circunstancias. Los datos así obtenidos no pasaran de ser un mero indicador estadístico respecto de conductas promedio. Sabemos, porque es parte de la experiencia cotidiana, que los seres vivos suelen tener comportamientos que van más allá de la explicación que nos otorga el modelo de estimulo y respuesta, y esto es así, porque frente a cambios circunstanciales en el medio, los individuos buscaran satisfacer sus necesidades de formas que nunca antes habían empleado. Demás está decir que, será el nivel de urgencia con que deba ser satisfecho un requerimiento orgánico, el que determine finalmente el tipo de conducta y o comportamiento que se seguirá. Los seres vivos, al radicar en sus propios requerimientos orgánicos y en sus capacidades para satisfacerlos, el origen de todas las acciones que ejecutan sobre el medio, pueden generar grados de variabilidad en las conductas, que sabemos que existen y que son individuales, particularmente en el caso de los seres humanos. Entonces, cuando aceptamos que tienen cierta independencia de las condiciones del entorno no hacemos más que reconocer los hechos. Por lo demás, será esta misma independencia la que permita la flexibilidad necesaria, para hacer posible la adaptación a condiciones ambientales cambiantes. Ahora bien, habiendo establecido que los requerimientos orgánicos del propio individuo son los precursores de todas sus acciones (lo cual no tiene nada de novedoso), entonces podemos afirmar que son las instrucciones genéticas o instintivas, que traducen estas necesidades en movimientos, más las instrucciones que activan los mecanismos de percepción y de reacción a esa percepción, guiando así el movimiento, las que generarán los patrones conductuales. En resumen, el origen de toda conducta se halla inicialmente en la información genética, lo cual tampoco es novedoso. Luego, si el motor que mueve a lo vivo es la satisfacción de requerimientos orgánicos, de acuerdo con las particulares instrucciones instintivas de cada especie, entonces, todo desplazamiento implicará una búsqueda, las cuales irán desde acomodar una parte del cuerpo hasta la persecución de una presa (o la consecución de un objetivo equivalente, como por ejemplo obtener dinero para adquirir muchas presas en el supermercado). La consecuencia de esta simple afirmación es que no habrá ningún desplazamiento sin instrucción, por muy leve o sutil que este sea, y por otra parte, no habrá instrucción que no se origine en alguna necesidad o requerimiento orgánico. La búsqueda El surgimiento y la supervivencia de lo vivo va a la par con el desarrollo de ciertos procesos que le permiten mantener el equilibrio dinámico del cual dependen. Esta condición denominada homeostasis implica la existencia de mecanismos detectores capaces de compensar las variaciones del equilibrio del sistema. Consecuentemente, la obtención desde el exterior de lo que el organismo requiriere para seguir viviendo, dará lugar a la evolución de diferentes estructuras orgánicas para conseguir el desplazamiento, el reconocimiento y la absorción de sustancias necesarias para mantener dicho equilibrio. La operación conjunta de estos sistemas es lo que llamaremos proceso de búsqueda o simplemente búsquedas. Las búsquedas las realizan sólo los seres vivos, y todas ellas se llevarán a cabo cuando algún proceso orgánico demande obtener o desechar alguna sustancia desde o hacia el medio externo. Los procesos de búsquedas constituyen en definitiva, el motor omnipresente que impulsará toda relación entre los organismos y su medio externo. Las búsquedas pueden ser pasivas o activas, es decir, se realizan por el simple reconocimiento y absorción de las substancias requeridas que lleguen al organismo, o bien, por medio de los desplazamientos que ellos ejecuten en el medio. Resulta curioso constatar como los seres humanos hemos ignorado sistemáticamente el proceso de búsqueda como parte consustancial de la operación de lo vivo, reduciendo su ocurrencia a acciones eventuales, independientes de la propia mecánica biológica. (No obstante que existe la idea muy intuitiva de que para encontrar siempre hay que buscar) Lo importante de establecer el principio de la búsqueda como motor de las acciones de los seres vivos sobre el entorno, es que nos permite explicar biológicamente el origen de los patrones de conductas, puesto que cada individuo de cada especie buscará de acuerdo con sus particulares mecanismos de adaptación, los cuales incluyen los de percepción, de reacción a la percepción, y los de desplazamiento. Al depender los individuos de las acciones de búsquedas, las soluciones particulares que encuentren serán también únicas e irrepetibles. De este modo la adaptación a su entorno será el resultado de innumerables desplazamientos emprendidos a lo largo de su existencia. Luego, la aptitud para la supervivencia no depende de actos específicos o puntuales sino que de un conjunto de ellos. Finalmente los más aptos serán aquellos que con mayor frecuencia den con las soluciones, que en momentos determinados resulten más eficaces para conseguir lo requerido. Esto último implica que demasiadas veces habrán factores imponderables que en ocasiones beneficiarán a unos individuos por sobre otros, no siendo posible determinar a priori las características que mejor contribuyan a la supervivencia, dentro del rango de operación de las facultades que se posean. Ejemplo, si los antepasados de los pingüinos volaban, no implica que aquellos primeros especimenes que no lo lograban tan bien presentasen una anomalía invalidante, por el contrario, pueden haber sido los primeros de un linaje que condujo finalmente al surgimiento de una nueva especie con diferentes oportunidades de adaptación. En cualquier caso resulta que será la capacidad de buscar y encontrar la que prime por sobre ventajas fisiológicas hipotéticas. En otras palabras, la eficacia de un sistema estará dada por el aprovechamiento de las herramientas que posea, más que por la existencia de ellas. Como las búsquedas son realizadas por organismos con un sistema metabólico, deberemos entender entonces que cada célula individual tendrá la capacidad de ejecutar sus propias búsquedas, ya sea que lo haga como organismo individual al ser de tipo unicelular, o como parte de un organismo complejo o multicelular. En este último caso, el medio externo de la célula individual corresponderá al interior del propio organismo. En consecuencia, las búsquedas de los organismos complejos satisfarán la suma de los requerimientos del total de las células que lo conformen. Para los efectos de este proceso, un organismo complejo se comportará como una comunidad de células. La conclusión anterior resulta en extremo importante toda vez que, la conducta demostrada por los organismos complejos o multicelulares surgirá a partir de las búsquedas o demandas de las células individuales y de los órganos que ellas conformen. Dicho de modo resumido, estos organismos comenzarán sus búsquedas en el interior de sus propias estructuras. Habiendo pues establecido, que toda acción implica algún tipo de búsqueda, las cuales serán gatilladas por necesidades o requerimientos orgánicos, y resueltas de acuerdo a las instrucciones genéticas de los individuos de la especie, nos queda resolver cómo, en este esquema predeterminado genéticamente, aparece el aprendizaje, como uno de los principales procesos de formación de conductas y de adaptación al medio, mediante el cual los organismos serán capaces de utilizar, creativamente, referencias externas a el. Los gustos Las instrucciones genéticas o instintivas constituyen el conjunto de parámetros biológicos que posibilitarán la relación de un organismo con el medio. En este contexto, toda acción del individuo depende de que, en el transcurso de las búsquedas opere la facultad de responder a lo que sea capaz de percibir. Si los organismos no ejecutan alguna acción frente a ciertos elementos del entorno es porque, o no pueden detectarlo, o bien, porque no tienen una respuesta asociada a esa percepción. Sin embargo hay una tercera alternativa que produce una respuesta intermedia, que no implica necesariamente movimientos, y que es la que expondremos a continuación. Para poder “conocer” o recordar el entorno es necesario que ocurran dos cosas, primero tener la facultad de evaluar fisiológicamente las percepciones, categorizandolas de algún modo, y segundo, registrar en la memoria adquirida el resultado de dicha evaluación. Resulta que las respuestas instintivas específicas no se pueden evaluar (los movimientos instintivos), puesto que simplemente se disparan cuando un valor, o conjunto de valores de señales sensoriales, activan reacciones que generan respuestas automáticas. Los organismos que actúan guiados por este tipo de respuestas no podrán conocer su entorno, sólo podrán identificar concretamente algunas de las partes directamente relacionadas con las rutas seguidas en la búsqueda de sus objetivos, lo cual es muy diferente al conocimiento como lo entendemos los seres humanos. (capacidad de recordar y relacionar elementos obtenidos de experiencias diferentes) Ahora bien, nuestras hipótesis sostienen que, los seres vivos que son capaces de evaluar las percepciones, lo hacen porque en su memoria genética existen otros valores de reacción distintos de aquellos que gatillan las respuestas instintivas específicas. Estas respuestas, de menor intensidad, y que están a medio camino entre el umbral de percepción y la respuesta instintiva específica, las llamamos sensaciones. Las sensaciones serán entonces un tipo de respuesta instintiva inespecífica, que no alcanzan para generar movimientos, pero producen el efecto fisiológico de los gustos, los cuales constituyen el resultado de la evaluación. Hemos llamado inespecífica a las reacciones que producen las sensaciones, porque estas provocarán diferentes efectos en los individuos, e incluso en un mismo individuo, en circunstancias distintas, desatando así comportamientos o conductas no predecibles. (“sobre gustos no hay nada escrito”) De lo anterior deducimos que, la reacción que dispara una respuesta instintiva específica no genera sensaciones, sólo movimientos. Por otra parte, las sensaciones que evaluamos luego de responder “instintivamente” a un evento perceptivo, son siempre posteriores a la acción, así que, en realidad lo que “sentimos” después de los movimientos iniciales, son los efectos residuales de la primera percepción. Puesto que si alguna característica define una respuesta instintiva es su inmediatez frente a la percepción que la activa. Cuando “todo pasa rápido” es porque el control de nuestras acciones responden directamente a instrucciones que no pueden ser evaluadas. El efecto fisiológico de las sensaciones no resuelve una búsqueda por si mismo, puesto que no conlleva movimientos específicos asociados. Esto se debe, como hemos dicho, a que los valores de reacción que generan las sensaciones son de menor intensidad que aquellos que activan las respuestas específicas. Veamos un ejemplo, digamos que un individuo de una especie está programado genéticamente para reaccionar y responder instintivamente ante la percepción de un pinchazo muy agudo (los seres humanos), pues bien, digamos ahora que un objeto distinto, uno sin punta, presiona la piel del individuo. El nuevo valor de percepción es diferente de aquel que dispara la respuesta específica y sin embargo igual es capaz de activar una reacción que genera una respuesta fisiológica que no implica la ejecución de acciones concretas e inmediatas, sino que produce una sensación, que podremos evaluar y que categorizaremos con los gustos. Si en este segundo caso la presión no nos incomoda, entonces no nos moveremos, pero en cambio si lo hace, modificaremos la posición del cuerpo. Sin embargo el grado de comodidad o incomodidad tendremos que evaluarlo (algunos dirán, pensarlo) A continuación mostramos un gráfico con el cual explicamos como es posible entender esta variación en los rangos de reacción que producirán respuestas diferentes. En el gráfico, la percepción 1 representa el mínimo nivel de reacción ante una percepción, la que por supuesto, en estas condiciones, sólo puede provocar una sensación ligera, apenas constatable. La percepción 2, representa el rango de percepciones posibles entre el umbral y el punto donde comienza a operar una respuesta instintiva específica, estas sensaciones producirán gustos diferentes según sea su intensidad, lo cual no implica una relación necesariamente proporcional entre el aumento en la intensidad de la reacción a la percepción y el aumento de la valoración de un gusto particular (no por más, va a ser necesariamente mejor). Por último, la percepción 3 del gráfico, indica un reducido rango de valores que activarán una respuesta instintiva específica que activará un movimiento específico sin provocar sensaciones. Debemos enfatizar, que la intensidad con que se produce una reacción a una percepción no tiene nada que ver con la intensidad de la fuente que genera la señal percibida, sino con la capacidad del organismo de reaccionar a esa fuente en particular. Ejemplo, sí el organismo está programado para responder a cierto tono de color rojo, entonces cualquier objeto de ese color podrá activar la respuesta, aunque sea pequeño y no destaque particularmente frente a otros objetos del entorno. Lo mismo con los objetos punzantes, los cuales pueden ser realmente minúsculos y aún así generar un fuerte movimiento destinado a suprimirlo. El gráfico que describe los rangos de reacción de un organismo que responde esencialmente con respuestas instintivas específicas sería el siguiente. En este segundo caso, el umbral de reacción a la percepción se encuentra muy cerca de la activación de una respuesta instintiva específica, lo cual deja muy poco margen para que las sensaciones jueguen un papel importante en la formación de conductas. Los individuos que posean este esquema de respuestas, actuarán “casi” de inmediato frente a la señal percibida. En consecuencia, sostenemos que la capacidad de evaluar percepciones es el primer gran paso evolutivo para el desarrollo de conductas que dan lugar a la exploración y al aprendizaje, puesto que si sólo nos guiáramos por las percepciones que activan las reacciones instintivas específicas, nunca apreciaríamos las alternativas que ofrecen las variaciones del entorno. Los seres humanos desde que nacemos estamos probando cosas y situaciones de todo tipo, cualquier elección que hagamos, desde la más simple a la más compleja, requiere evaluar alternativas, y ante la opción de elegir siempre preferiremos la que más nos guste. (Es justamente la obviedad de la conclusión, la que nos impide darnos cuenta de la existencia del mecanismo) Que algo nos guste, o provoque placer, no tiene nada que ver con su utilidad. Los valores de las sensaciones al no formar parte de las respuestas instintivas específicas, no juegan un papel vital en el esquema de respuestas imprescindibles. Cualquiera de nosotros puede seguir viviendo perfectamente, si prescindiésemos de las cosas que hemos elegido sólo porque nos gustan. De hecho, las comunidades más pobres, aquellas que tienen muy poco de donde elegir, igual sobreviven, y a veces con mucho menos estrés, que aquellos que se han rodeado de las cosas más exóticas para prolongar el placer que le producen. De esto se deduce que, las únicas necesidades objetivas que los seres humanos deben satisfacer, son aquellas relacionadas con las demandas que generen sus procesos orgánicos, las cuales por supuesto son limitadas. En consecuencia, serán las formas de resolver las búsquedas las que podrán ser “casi” infinitas, sin embargo estas soluciones no generarán necesidades orgánicas nuevas y mucho menos ilimitadas, sino que crearán dependencias respecto de los trayectos o rutinas, que han sido exitosos en la satisfacción de estos requerimientos, sobre todo cuando ellos sean cómodos, agradables o gustosos. Por lo tanto, cualquier individuo puede prescindir de todo cuanto se ha rodeado e igual seguir viviendo, si cumple con proveerse de lo indispensable. (muchas personas se alarmarían al saber que tan poco es ese mínimo indispensable) Con todo, el fenómeno de las sensaciones constituye el punto de partida para el desarrollo de las singularidades en las conductas humanas, ya que el paso siguiente (o simultaneo) que permitirá aprovecharlas como mecanismo de adaptación al medio, es el recuerdo de ellas. Evaluar en un momento determinado una sensación, puede generar un comportamiento específico útil, sin embargo, tan importante como reaccionar de éste modo, es memorizar el producto de esa evaluación para poder utilizarlo como referencia en eventos futuros similares. Evidentemente esta capacidad de recordar las sensaciones estará dada por la existencia de una memoria que pueda registrarlas. En el mundo natural existirán especies que generarán sensaciones en grados variables partiendo desde cero, y lo mismo ocurrirá con la capacidad de memorizarlas. Las especies que puedan "sentir" pero no memoricen sus sensaciones, actuaran frente a cada evento perceptivo como si fuese único e independiente de los demás, y en ese caso, la utilidad de la sensación quedará circunscrita al espacio temporal que abarque el evento en que se produzca el acto perceptivo, no siendo posible entonces, extraer referencias útiles para emplearlas en situaciones semejantes futuras. En otras palabras, en ese caso no habrá aprendizaje. Por el contrario, mientras más valores de sensaciones puedan registrase en la memoria mayor posibilidad de aprendizaje habrá. Aprender no es sólo recordar, sino que es además tener la capacidad de utilizar esos recuerdos en búsquedas posteriores. Por el contrario, registrar un recuerdo en la memoria y no ser capaz de utilizarlo en una búsqueda (solución a un problema), no es aprender, es, en el mejor de los casos, simplemente recordar. (sin utilidad práctica para la sobrevivencia) Hemos afirmado que la exploración del entorno es posible gracias al efecto orgánico de las sensaciones, las cuales son el resultado de la interacción entre algunas instrucciones instintivas y los elementos del entorno, siendo los órganos sensoriales, la interfase que relacionará ambos sistemas. En este contexto la memoria adquirida, constituye el registro temporal de referencias de los valores de reacción representados por el efecto de las sensaciones. En otras palabras, la memoria adquirida está construida por los mismos valores que generan las sensaciones. De lo anterior se pueden deducir dos cosas: primero, que ninguna sensación guarda relación directa con la naturaleza intima del fenómeno que la genera, sino sólo con sus efectos perceptibles. Dicho de otro modo, no puede haber sensación respecto de aquello que no se percibe o que está oculto a los sentidos. Segundo, que no hay objetividad posible en el registro de una percepción respecto de la naturaleza del fenómeno observado, toda vez que las sensaciones son parámetros indirectos que dependerán de la propia configuración de respuestas orgánicas del individuo. Entonces cuando recordemos, o traigamos a tiempo presente un recuerdo, lo que en verdad estaremos haciendo será re-evaluar el registro de una sensación pasada, puesto que, lo que ocurre en nuestra mente cuando utilizamos esos recuerdos frente a un hecho actual, es un proceso de comparación entre distintos valores de sensaciones. Tal comparación es posible porque, como hemos dicho antes, una sensación se genera dentro de un rango de reacción, luego, siempre será posible ubicar dentro de ese mismo rango, tanto valores pasados como presentes, una vez que se hayan producido. El diferencial entre ellos, o el producto de la comparación, producirá el efecto del conocimiento. Veamos un ejemplo, si nos encontramos en una habitación totalmente obscura por mucho tiempo, entonces la percepción visual del pasado será igual al efecto de la presente, y como no hay cambio ni variación, tampoco podrá haber comparación ni conocimiento, ya que las sensaciones son las mismas todo el tiempo. Un ejemplo de la situación opuesta es haber reparado en un árbol con frutos y luego ver el mismo árbol sin ellos, esta diferencia en la comparación respecto de algunas de las características del objeto percibido nos permitirá “saber” que los frutos no están todo el tiempo en su lugar. El conocimiento existe en la medida que es posible hacer comparaciones entre las sensaciones pasadas y las presentes, dando lugar a las diferencias y a la elección. Si no hay con que comparar, faltarán los elementos para situar las sensaciones presentes, dentro del contexto de la historia individual, puesto que nuestra reconstrucción o interpretación del mundo que percibimos, esta hecha en base a las comparaciones y registro de la gradualidad con que podemos reaccionar a las diferentes percepciones. Ejemplos, más alto, más bajo, más frío, más caliente, más claro, más oscuro, más duro, más blando, más rápido, más lento, más fuerte, más débil, etc. etc. Esto implica que todo recuerdo podremos describirlo como las variaciones de cualquier otro. Ejemplos: “… ese lugar del que te hablo, en como aquel otro, pero un poco más grande, menos húmedo, ligeramente más ventilado, de colores más claros…”, “esa fruta tiene un sabor parecido a aquella, pero más acida”, “la curva de esa gráfica no es tan pronunciada como la anterior”, etc. En general, el recuerdo de las sensaciones de la experiencia de la “primera vez”, siempre servirán de patrón para ubicar las siguientes, y la verdad es que, uno nunca podrá saber que tan buena o mala fue, si no tiene la oportunidad de compararla después con otras similares. Como hemos afirmado, tanto los valores de reacción específica (respuestas asociadas a movimientos “automáticos” concretos), como los inespecíficos (respuestas de evaluación, sensaciones) son de origen genético, instintivos. Por lo tanto no dependen del aprendizaje ni la experiencia, no se adquieren, simplemente nacemos con ellos. Esto implica que no tienen ninguna representación en la memoria adquirida y es por ello que no podemos recordarlos. De esto se deduce que cuando nacemos nuestra memoria adquirida está literalmente en blanco, puesto que hasta ese momento nuestro organismo no ha necesitado ejecutar ninguna búsqueda en su exterior, ni se ha visto en la necesidad de reaccionar ante elementos externos. En consecuencia, la memoria adquirida comenzará a formarse desde el momento mismo en que el individuo inicie la exploración de su entorno. Mientras más intensas se hagan sus búsquedas mayor será la probabilidad de que interactúe con una variedad de objetos y situaciones que provoquen las sensaciones que comenzarán a llenar su memoria. Lo interesante es que, como los valores iniciales de las sensaciones están en la memoria genética, no se podrán conocer hasta que una percepción los active, así que el único modo de descubrirlos es explorando. Veamos un ejemplo, la reacción al sabor picante está dentro del potencial de nuestras respuestas instintivas, y dependiendo de cuan fuerte sea, provocará una reacción instintiva específica, o una sensación. Si el sabor es muy fuerte, probablemente escupiremos en forma casi instantánea sin haber podido apreciar realmente el sabor. Ese será entonces el resultado de la operación de una respuesta instintiva específica. En cambio, si el sabor es un poco más suave, podremos evaluarlo con nuestra personal escala de gustos y eventualmente recordarlo. Para entender mejor el proceso propongo una analogía, supongamos que las cuerdas de una guitarra representan la estructura de reacción neuronal que podrá ser activada por las percepciones, luego, de algún modo, todos los sonidos posibles están potencialmente contenidos en las cuerdas, sin embargo hasta que alguien las toque no se habrá producido ninguno. Del mismo modo, es imposible recordar una sensación que no ha sido activada. Y por otra parte, el único modo de activarlas es probando, explorando o experimentando. Conclusiones Hasta aquí creemos haber explicado sucintamente la relación de interdependencia que existe entre, las necesidades o requerimientos orgánicos que representan el principio de funcionamiento de lo vivo, con las búsquedas que acercarán a los individuos a la satisfacción de esos requerimientos, y finalmente, con los gustos, que actuarán como mecanismos de selección de lo encontrado. Con todo, falta dilucidar nuestro presupuesto inicial, cual es, ubicar el pensamiento en éste contexto y comprobar que se trata de un efecto y no de un fenómeno independiente de otros. Pues bien, una de nuestras conclusiones anteriores dice que, en el caso de los organismos complejos, las búsquedas comenzarán desde su interior, esto significa que, antes que el individuo realice algún movimiento en el entorno, las instrucciones de búsqueda generadas por los requerimientos orgánicos, deberán recorrer trayectorias internas que incluirán los nuevos recuerdos agregados a la memoria adquirida. De este modo, las sensaciones anteriores, generadas y memorizadas en el marco de procesos exploratorios, pasarán a formar parte de las referencias que guiarán los desplazamientos en los futuros procesos de búsqueda. Veamos un ejemplo, si nuestro organismo necesita alimentarse, generará instrucciones que activarán la sensación interna de hambre y que además, en su recorrido interno compararán, el “tipo particular de hambre” actual con las diversas soluciones previas que hayan satisfecho requerimientos similares, entonces, si de repente sentimos un enorme e incontrolable deseo de comer una pizza, es porque nuestro cuerpo “recuerda” que esa es una buena solución para satisfacer su necesidad actual. Obviamente las elecciones posibles (que hace el organismo) están dentro de las experiencias previas que podemos recordar. Este proceso se repetirá de modo análogo para la satisfacción de cualquier otra necesidad. ¿Y qué tiene que ver todo esto con el pensamiento?, pues resulta que el proceso de evaluar y comparar recuerdos es justamente lo que llamamos pensamiento. En otras palabras, pensar es el proceso interno de buscar entre los recuerdos aquello que nos sirva para resolver búsquedas. (cuando pensamos en pizza o espaguetis como alternativas para saciar nuestra hambre, estaremos comparando soluciones anteriores en función de la sensación de hambre actual) De lo anterior se desprende que, pensaremos cuando necesitemos encontrar alguna solución a un requerimiento cualquiera, cuyo principio aunque parezca distante, siempre será orgánico. Tal vez resulte un poco complicado establecer la relación entre, por ejemplo, la búsqueda de una solución matemática, con un requerimiento orgánico, y sin embargo no es tan difícil hacer la conexión si sabemos que la persona que busca esa solución, espera a cambio un sueldo que le permita vivir. (casi nadie haría lo que hace, si no esperara recibir a cambio, algo que le sirva para seguir viviendo) Por otra parte, el número de pasos de una búsqueda cualquiera puede ser realmente grande, incluso los que utilizan otras especies del reino animal que los ejecutan de modo instintivo (específico), como por ejemplo, los pasos necesarios que la araña debe cumplir para confeccionar su red. La enorme diferencia entre los pasos determinados genéticamente con los construidos por los seres humanos, (y tal vez algunas otras especies) estará en que estos últimos los elegirán entre algunas de las alternativas disponibles, de acuerdo a sus gustos. Puesto que después de todo, uno no se puede ganar la vida como matemático si no le gustan las matemáticas. Finalmente, el pensamiento será uno de los efectos provocados por la ejecución de instrucciones de búsquedas internas originadas por demandas orgánicas. Siguiendo esta lógica, es muy posible que todos los procesos orgánicos estén relacionados entre si, de tal modo que formen una cadena de reacciones sucesivas, en que muchos deben ser efectos, y a la vez causa, de otros posteriores. En conclusión, el pensamiento no es un fenómeno independiente producido por la sola actividad mental. Los seres humanos pertenecemos a un linaje cuya creciente especialización evolutiva ha estado en el desarrollo del uso de la memoria para encontrar soluciones de adaptación, y como la memoria está construida sobre la base del registro de sensaciones, será entonces la capacidad de generar una gran variedad de ellas, las que en definitiva nos confieran nuestra singularidad como especie. Luego, los seres humanos estamos obligados a sentir, recordar y pensar, puesto que así es como funcionamos. Nuestra definición de pensamiento nos permitirá explicar otros fenómenos asociados con la capacidad de buscar y evaluar recuerdos. Para comenzar diremos que nuestra “humanidad” o identidad como seres humanos esta radicada en el conjunto de los recuerdos individuales, es decir, si no tenemos recuerdos o no somos capaces de revisarlos y evaluarlos mediante el proceso de pensar, no nos podremos reconocer ni sabremos quienes somos. Esto es lo que ocurre con los bebés muy pequeños que aún no han formado los suyos, o con quienes los pierdan, siendo el caso más extremo el de las personas que padezcan el mal de alzheimer en un estado muy avanzado, en cuyo caso sus acciones estarán motivadas únicamente por reacciones instintivas y no por las aprendidas contenidas en la memoria adquirida. El punto es que, sin la capacidad de procesar recuerdos se pierde lo que hemos llamado “humanidad”. (o tal vez incluso, el “alma”) Por otra parte, la búsqueda de soluciones mediante el pensamiento, provocará que durante el procesamiento de los recuerdos se generen múltiples efectos, los que irán desde combinar elementos de recuerdos diferentes para crear variaciones de recuerdos literales (imaginar), hasta juntar los fragmentos más intensos de aquellos constituidos por sensaciones significativas, creando así un objeto de búsqueda que no existe en la realidad. Estos recuerdos “artificiales” constituidos por "selecciones de sensaciones” podrán provocar búsquedas más intensas que las que podrían desencadenar aisladamente los recuerdos originales a los cuales pertenecen. De este modo se forman las creencias. Con todo, tanto el uso literal de un recuerdo común como el de uno “construido”, obedecerá siempre a la búsqueda interna de una referencia para satisfacer desde el exterior un requerimiento orgánico. Como corolario podríamos afirmar que: Para nosotros, seres humanos, los recuerdos son todo lo que somos. Las distintas partes del modelo descrito explican coherentemente, cómo una estructura genética rígida, contiene en si misma los mecanismos que le permiten adquirir las referencias del entorno para utilizarlas en su proceso de adaptación. De este modo nuestra tesis sostiene que; La capacidad de generar y recordar sensaciones, junto con la de recuperarlas mediante el pensamiento, se transforma de hecho en el mecanismo que permite el aprendizaje. Es muy probable que queden muchas dudas frente a nuestras hipótesis, pero este trabajo debe entenderse sólo como un breve extracto de uno mayor, contenido en el libro "Sensaciones, conciencia y aprendizaje”, en el cual, siguiendo los mismos principios argumentales que aquí empleamos, nos extendemos en la explicación de estos y otros fenómenos asociados, como por ejemplo la conciencia, las creencias, etc. Sergio Aranda Klein Santiago Chile Octubre 2008 5- Artículo modificado el 23 de enero 2009 Base biológica de la formación de
la cultura
Desde que Darwin propusiera la teoría de evolución, son muchos los que se han preguntado, cómo podrían los diferentes mecanismos con que eventualmente ella se produce, llegar a generar las condiciones para el surgimiento de una especie de funcionamiento tan complejo como los seres humanos. (esto, por supuesto, desde el punto de vista de los propios humanos) De entrada, no hay aparentemente una forma de vincular los procesos biológicos inherentes a la teoría evolutiva con aquellos que hemos llamado culturales, los cuales relacionamos, de hecho, con las conductas cuyo origen, creemos, se encuentran principalmente en el uso del pensamiento y la imaginación. Demás está decir que es justamente la dificultad de establecer las causas orgánicas de estos fenómenos, lo que históricamente ha servido de justificación para suponerles un origen extraordinario. Así las cosas, a lo largo del tiempo se desarrollaron múltiples creencias para explicar lo que en ese momento era a todas luces inexplicable, con el agravante de que las preguntas acerca del cómo, y porqué funcionamos de la forma que lo hacemos, han sido recurrentes en la mayoría de los seres humanos de toda época, incluso en los niños pequeños. Entonces, dada la importancia de hallar una respuesta, resultó perfectamente natural y hasta necesario encontrar alguna, que con sus afirmaciones, diera por zanjado el tema de modo definitivo, sobre todo si además, ésta le otorgaba algún poder a quien la imaginaba. Soluciones como estas deben haber sido las que desde los albores de la humanidad, dieron origen a la creación de toda una constelación de dioses y razones igualmente misteriosas, desde las más simples hasta las más estructuradas y complejas. Nada muy diferente de lo que las madres hacen cuando tratan de explicar a sus hijos pequeños, problemas que ellas saben que los niños no entenderán. Sin embargo a quienes la solución mística no dejó conforme, trataron de resolver la “cuestión humana” desde otros puntos de vista. De este modo, tomando cierta distancia de las explicaciones de origen divino recurrieron a otras creencias cuyos argumentos se centraron en los procesos físicos o reales, sin embargo este nuevo enfoque creó un nuevo problema mucho más complejo, que tiene que ver con los tipos de creencias. Los métodos de la ciencia resultan muy eficaces cuando se trata de evaluar fenómenos objetivos en el mundo real, sin embargo muchos aspectos de la cuestión humana, no tienen nada de objetivos y tampoco de reales. Desde el principio todas las hipótesis están fundadas, o son, ideas preconcebidas que pretendemos poner a prueba para demostrar su valor de verdad, por lo tanto ellas están basadas inevitablemente en creencias, es imposible que sea de otro modo, puesto que cualquier cosa que imaginemos que puede ser posible, constituye en principio una creencia, incluidas las hipótesis científicas. Las creencias que los seres humanos reconocemos ordinariamente como tales, son muchísimas menos que las que realmente elaboramos. Esto sucede porque lo normal es asociar la idea de creencia con aquello que es muy difícil o imposible comprobar que ocurra en la realidad, y es por ello que tiene sentido designar como una creencia a cualquier cosa imaginada cuya supuesta materialización implique ir contra toda experiencia y sentido común. No obstante existen otro tipo de creencias cuya materialidad es mucho más difícil de evaluar y comprobar, y esto es así porque siendo perfectamente imaginarias resulta que funcionan. Estas creencias son todas las que rigen o se dan en torno a las relaciones sociales en cualquiera de sus aspectos, puesto que, cada norma, regla de conducta o relación social, y cada una de sus proyecciones, corresponden a construcciones basadas en la imaginación y por lo tanto no tienen una base real en ninguna ley natural. Cualquier fundamento para una organización social pertenecerá al ámbito imaginario. Ejemplo, si una organización se funda en torno a la obtención de la justicia, basará sus principios en lo que sus integrantes imagen que es la justicia, puesto que en la naturaleza no es posible hallar nada que pueda ser equivalente. Lo interesante de este tipo de creencias es que si bien parecen funcionar como si existieran realmente, lo hacen porque son los propios individuos los que les dan vida y valor al aceptar sus normas y actuar en consecuencia, pero en rigor no están obligados a ello por ninguna función orgánica. Luego, son muchas las creencias que sostenemos como hechos, siendo que estas son sólo válidas en la realidad imaginaria de las relaciones sociales, por lo tanto no tienen una expresión material en el mundo real. Cuando hablamos por ejemplo de racionalidad, de razón, o de ética, estamos describiendo conceptos que sólo existen en la realidad de las relaciones sociales. Definitivamente no podremos encontrar nada que nos indique que estas ideas tienen una expresión en las leyes naturales. Así pues, estos conceptos equivalen a creencias que en rigor sólo se diferencian de las religiosas en sus argumentos. Algo así como los mandamientos divinos, sin la necesidad de un dios, sino que por el propio acuerdo de quienes tengan el poder para definirlos y hacerlos valer. (independientemente de que esas personas puedan afirmar además, que tienen derechos divinos, o simplemente un mejor derecho, para hacerlo) Lo anterior constituye un impedimento intelectual para comprender la verdadera naturaleza de los procesos mentales, sobre todo porque muchas veces quienes los investigan están buscando lo que no existe en la realidad material en la que queremos encontrar las soluciones. Con certeza no encontraremos ningún órgano relacionado con la ética, la razón, el razonamiento o el pensamiento religioso, en los términos que normalmente los entendemos. Este es el motivo por el cual, otorgar a algunas creencias un valor que vaya más allá de la realidad imaginaria en la que existen y funcionan, distorsiona la búsqueda de los elementos reales implicados en procesos igualmente reales. Pues bien, sabemos que las conductas de la mayoría de las especies están predeterminadas totalmente por instrucciones genéticas o instintivas, y también es aceptado que los humanos respondemos con este tipo de instrucciones a muchas situaciones, las cuales son particularmente notorias durante la infancia. ¿Significa esto qué en algún momento indeterminado de su desarrollo el individuo deja de actuar guiado por las instrucciones instintivas?, la respuesta es definitivamente no. Lo que ocurre es que la amplitud de la operación de estas instrucciones es mucho mayor y más compleja de lo que se ha supuesto. Tal complejidad hace ver como contradictorias la aparente libertad con que nos movemos, decidimos, e interpretamos la realidad, con las ideas que tenemos respecto de la rigidez y generalidad de las respuestas instintivas, siendo que necesariamente toda conducta, incluidas las que relacionamos con el libre albedrío, tendrán su origen en las respuestas instintivas, puesto que, ¿de qué otra forma podría ser? Si algo tenemos claro, es que en el proceso de aprendizaje es donde se encuentra la clave de la solución al problema. Sin embargo y a diferencia de la mayor parte de los enfoques anteriores, que se centran en analizar lo que ocurre una vez que la capacidad de aprender ya existe, lo que hay que determinar es lo anterior, es decir, el cómo y por qué existe esa capacidad, sus razones biológicas. La respuesta correcta a esta interrogante nos dirá entonces qué es lo que podemos aprender, el cómo y el cuando. Veamos, una función instintiva es aquella que se activa de forma mecánica cuando condiciones objetivas disparan ciertas reacciones orgánicas de naturaleza físico-químicas. Resulta que hay un tipo de instrucción instintiva, que nosotros hemos llamado inespecífica, y que opera en todo momento y lugar frente a cualquier evento perceptivo, desencadenado así respuestas que van desde una acción enérgica, hasta algunas muy sutiles y casi imperceptibles. Estas respuestas corresponden a las que conocemos como sensaciones. A través de la historia las sensaciones han sido descritas una y otra vez, como fenómenos asociados al conocimiento empírico y por lo tanto a los sentidos. Sin embargo la comprensión de su verdadera relación con la obtención del conocimiento, se ha visto obstaculizada justamente por las diversas ideas preconcebidas respecto de lo que se supone éste debe ser. Sabemos que cualquier función orgánica depende de reacciones materiales reales, así que cada acción es parte o la resultante de un proceso. En este contexto de causas y efectos sucesivos, las sensaciones se inscriben como reacciones orgánicas a la percepción, que tienen su punto de partida en las señales emitidas al cerebro por los órganos sensoriales. Luego, no hay otra posibilidad que atribuirles un origen genético o instintivo, puesto que ellas se activan al margen de la “voluntad” y del conocimiento previo. Lo que es más, sus distintas “manifestaciones” nos serán totalmente desconocidas hasta que se produzcan por primera vez. Esto significa que nadie podrá conocer ni recordar las sensaciones que provocan un sabor, un aroma, un sonido, etc. que no haya percibido antes. De esto podemos obtener una importante conclusión y ella es que la información genética, a la cual pertenecen las instrucciones que generan las sensaciones, se encuentra almacenada en una memoria distinta de la adquirida, ya que no es posible recordar una sensación que no se ha producido, aún cuando exista el potencial para que ello ocurra. Pero, ¿qué son las sensaciones? Creemos que toda sensación es una respuesta instintiva a determinada señal sensorial que tiene asociado un valor de alteración orgánico o cambio de estado fisiológico. Este valor de alteración o cambio de estado equivale a una respuesta analógica, que dará lugar a distintos procesos dependiendo de su magnitud. Algo similar a las campanadas de los experimentos de Pavlov, sólo que en este caso el equivalente de las campanas estarán y formarán parte de las instrucciones genéticas contenidas en el cerebro. Ahora bien, ¿qué hacemos los seres humanos frente a estos cambios de estado? ¿qué significan para nosotros? Resulta que el organismo interpreta estas alteraciones, como variaciones en lo que podríamos llamar genéricamente el gusto, en cualquiera de sus formas y grados, de tal modo que todo cuanto apreciamos en el entorno tendrá el potencial de generarlos, dependiendo siempre de lo que estemos buscando. Por otra parte, en la búsqueda del origen del aprendizaje algunos filósofos y pensadores, han propuesto la existencia de ideas previas en la memoria genética. Estos pre-conceptos, juicios a priori, o ideas innatas, estarían formados por elementos congruentes y hasta complementarios con los obtenidos directamente por la percepción, algo así como modelos genéticos y genéricos de ideas, que serían ajustados en la mente del individuo, según sus propias observaciones. De alguna forma estas propuestas se asemejan a lo que llamamos instrucciones instintivas, sin embargo difieren de ellas fundamentalmente en a lo menos dos aspectos. Primero, lo que nosotros entendemos por instinto es la capacidad del organismo de reaccionar y producir respuestas a ciertas señales sensoriales ante las cuales no cabe una renuncia o modificación substancial de la conducta que ella genere, luego estas no pertenecen al ámbito de lo que por ahora podríamos llamar “actitud reflexiva” y que asociamos con las ideas, tal vez sea exactamente lo contrario, es decir, las respuestas instintivas son esencialmente “irreflexivas”. En segundo lugar, las ideas son construcciones mentales que hacen uso de elementos de múltiples recuerdos obtenidos a lo largo del tiempo, por lo tanto ellas son un resultado, un producto individual, que no es posible que exista como una unidad independiente, antes de que se produzcan las experiencias parciales previas. Por último, digamos que las sensaciones, al provenir de respuestas instintivas que evaluaremos y categorizaremos con los gustos, introducirán en la función orgánica el principio del juicio de valor, toda vez que no hay decisión, y por lo tanto recuerdo, en que el gusto no sea una variable determinante. Entonces, ¿qué pasa cuando “sentimos” una sensación agradable o una desagradable? La respuesta a esta pregunta constituye la clave para entender el origen de las conductas humanas, y dentro de estas, la función del propio aprendizaje. Es del todo evidente, un hecho, que todo aquello que provoque satisfacción o placer impulsará al individuo a prolongar su obtención, y llegado el caso, a buscar más. Por el contrario, cuando algo no guste, motivará el alejamiento de la fuente que lo cause. Ambas respuestas generarán acciones y toda acción es parte de una conducta. Ahora bien, tan importante como “sentir” gusto o disgusto, es la capacidad de memorizar las fuentes que los provocan, y ocurre que la memoria adquirida se formará precisamente con el registro de los valores de reacción que causan las sensaciones. En otras palabras, la memoria adquirida contendrá exclusivamente referencias a las sensaciones que hayamos experimentado. Lo interesante de todo esto es que la memoria adquirida registrará las percepciones que le resulten significativas a un individuo particular, puesto que, aunque los valores que activan las sensaciones sean similares entre distintos individuos, el punto específico dentro del rango de reacción personal, será lo suficientemente variable como para que los gustos, y por lo tanto los recuerdos construidos con ellos, no sean idénticos entre quienes perciban una misma situación. Los valores de las sensaciones no constituyen en si mismos información ni conocimiento, sin embargo el nivel de gusto que provoquen corresponderá obviamente a un primer elemento de discernimiento o discriminación. La transformación de un valor de sensación en información o conocimiento ocurrirá cuando una referencia de él, registrada en la memoria adquirida, sea posteriormente recuperada y utilizada en una búsqueda o solución a un problema. Sólo en ese momento se evidenciará el efecto del conocimiento. Si el fenómeno de las sensaciones es tan difícil de relacionar con la obtención del conocimiento es porque en verdad su funcionamiento orgánico es sorprendente. El caso es que, como los valores de las sensaciones no se encuentran en la memoria adquirida, sino en la genética o instintiva, no se podrán recordar hasta que hayan sido activados, y esto sólo puede ocurrir mediante la percepción. Una vez que dicho valor ha sido activado, una referencia suya quedará en la memoria adquirida. Pero este traspaso tiene doble efecto, por una parte es cierto que se crea un recuerdo, pero el efecto siguiente es que esa misma sensación disminuirá frente a la repetición de la situación que la produjo, justamente porque ya se ha creado una referencia suya en la memoria adquirida. Luego, el efecto de crear un recuerdo a partir de una sensación, tiende a disminuir la respuesta instintiva de la sensación en favor de la utilización del recuerdo creado por ella. Resumiendo, diremos que las sensaciones son reemplazadas gradualmente por los recuerdos a los que den lugar. Esta es la mecánica del fenómeno por medio del cual, se transfieren los valores de respuesta instintiva a la memoria adquirida. Más aún, el pensamiento operará sólo sobre los recuerdos contenidos en la memoria adquirida y nunca sobre la "información" que se halle en la memoria genética. Lo anterior ocurre porque todas las sensaciones posibles de “sentir” pertenecen a un conjunto de valores de reacción y respuesta instintiva muy especial, uno que hemos llamado “reacción instintiva inespecífica”, siendo los gustos la “respuesta instintiva inespecífica”. Su origen más probable puede estar en el proceso evolutivo de crecimiento y expansión del cerebro. Digamos que al aumentar el número de neuronas responsables de activar una respuesta instintiva específica (las que normalmente reconocemos como innatas o simplemente instintivas) algunas de ellas fueron quedando alejadas de la configuración principal, reaccionando así aisladamente a valores de percepción distintos de aquellos que disparaban la respuesta principal o específica. Por otra parte, las respuestas instintivas específicas se producen cuando ciertos valores de percepción coinciden en forma más o menos precisa con aquellos de origen genéticos que tienen asociada una respuesta igualmente precisa. Aunque parezca difícil de “creer” estas respuestas se dispararán mecánicamente sin producir sensaciones previas, es decir se activarán inmediatamente sin que medie ningún otro proceso mental, y toda sensación posterior a este tipo de respuesta obedecerá a los efectos residuales que persistan una vez que se haya ejecutado la acción concreta. Por el contrario, las respuestas instintivas inespecíficas se originarán cuando una percepción registre valores cercanos pero no iguales a los necesarios para activar la respuesta específica. En estas condiciones las sensaciones constituyen respuestas parciales, algo así como versiones atenuadas, que no son capaces de generar por si solas movimientos específicos, pero en cambio nos permitirán evaluar una percepción en términos de gusto. Veamos un ejemplo, al poner la mano sobre un objeto que está ligeramente caliente nos tomaremos un tiempo para decidir si esa temperatura nos agrada o no, esta actitud corresponde a la operación de la respuesta inespecífica. Por el contrario, si el objeto está muy caliente retiraremos la mano de inmediato, casi sin sentir realmente, está respuesta corresponderá a una específica. Las sensaciones que evaluemos posteriormente, mientras nos soplemos la mano, corresponderán a los efectos residuales de haber expuesto la mano a un calor excesivo. Resulta entonces, que las sensaciones por no constituir respuestas específicas, no forman parte de las instrucciones instintivas que han evolucionado por medio de la selección y que responden a las acciones biológicamente más importantes que el organismo debe ejecutar para asegurarse su subsistencia y reproducción. Digamos que las sensaciones nos permitirán explorar sin rumbo fijo, toda vez que siempre nos podremos dejar llevar “libremente” por nuestros gustos, hasta que una condición orgánica apremiante nos apresure a satisfacer ese requerimiento mediante las instrucciones instintivas especificas. Un ejemplo de esto puede ser la comida que ingerimos simplemente por que nos gusta, pero que nuestro cuerpo no necesita realmente, por el contrario, cuando la falta de alimento es importante, el cuerpo la exigirá al margen del gusto, y es así como en esas condiciones estaremos dispuesto a comer cualquier cosa. Un segundo ejemplo algo más prosaico, se produce cuando nos dan ganas de ir al baño, si la necesidad es menor, buscaremos con paciencia un baño que nos agrade, esta búsqueda la haremos con la calma suficiente como para respetar las buenas costumbres, ahora bien, si la urgencia aumenta perderemos toda parsimonia y compostura hasta el punto en que buscaremos satisfacer nuestra necesidad de cualquier modo, aún en las peores condiciones, una vez resuelto el problema, recién ahí, nos pondremos a alegar de lo malas que eran esas condiciones. Todo esto ocurre de forma tan natural, tan habitual, que nos parece perfectamente lógico que así sea, no tiene nada de extraño. Pues bien, de eso trata toda esta explicación, de hallar respuestas que expliquen sin acomodar ni sesgar los hechos, cómo es que las cosas perfectamente normales tienen una explicación en procesos biológicos igual de normales. Otro elemento indispensable en la formación de conductas relacionadas con los procesos mentales humanos, es la posibilidad de combinar los elementos de los diferentes recuerdos para formar unos nuevos. Hemos afirmado que todo recuerdo tendrá su origen en el registro de referencias de las sensaciones provocadas por los actos perceptivos, luego, como cada parte o elemento dentro del conjunto percibido generará sensaciones distintas, ellos podrán ser recuperados en forma independiente, así, al recordar un color podremos hacerlo con total prescindencia del objeto que lo contenga, lo mismo que una forma, o un olor, etc. Este hecho es tan notorio, que invariablemente la descripción de cualquier recuerdo comenzará por señalar aquellas partes que más nos hayan llamado la atención, o lo que es igual, que nos haya provocado las sensaciones más intensas. Al respecto es interesante destacar, que muchas de las cosas cotidianas que percibimos de adultos, no nos parece que causen ninguna sensación, y esto es precisamente así, porque esas cosas fueron incorporadas como recuerdos hace mucho tiempo, cuando las vimos por primera vez, y cuando sí nos llamaron la atención. Por otra parte, la recuperación de un recuerdo se producirá cuando se de una coincidencia espontánea entre éste y una percepción, (asociación inconciente) o cuando el organismo requiera satisfacer un requerimiento orgánico que demande realizar una búsqueda externa que implique pensar. (búsqueda conciente) Toda búsqueda que el organismo requiera ejecutar, sea conciente o no, comenzará siempre al interior del mismo, lo cual significa que antes de que un individuo emprenda cualquier acción en el medio externo, las instrucciones que generan la búsqueda, procesarán todos los contenidos relacionados con ella que se encuentren tanto en la memoria genética como en la adquirida. (es posible que en ese mismo orden) La parte de este proceso en que se revisan y evalúan los contenidos de la memoria adquirida, es la que llamamos pensar. Luego, no existirán búsquedas “concientes” sin pensamiento. De hecho el efecto de la conciencia surge (emerge, dirán algunos) en el acto mismo de pensar, puesto que lo que normalmente asociamos con ella implica necesariamente evaluar los recuerdos de las actuaciones propias. A mayor cantidad de recuerdos de experiencias diversas, mayor conciencia. (En rigor no hay búsqueda que no sea ordenada por el organismo, la aparente existencia de un yo distinto e independiente, es bastante más largo de explicar, pero la explicación biológica existe) Durante el proceso de pensar, los elementos recordados podrán ser combinados libremente, (por el propio organismo) si la relación entre ellos es consecuente con lo que se busca para dar satisfacción a la necesidad que la motive. Tal vez lo que podría generar algunas dudas sea justamente la naturaleza de las necesidades humanas. Respecto de esto, afirmamos sin duda alguna, que todas ellas son de origen orgánico, pues si bien es evidente que existirán las relacionadas directamente con la operación de procesos metabólicos y de reproducción, las vinculadas al gusto también serán de origen orgánico, toda vez que el gusto es el resultado de la operación de las respuestas instintivas inespecíficas. (si de repente sentimos una necesidad imperiosa de tener un auto nuevo, ello se deberá a que nos gustaría tenerlo, por el puro gusto, y esa será la necesidad orgánica, eso si, una perfectamente prescindible) Claramente, los elementos de memoria que utilizaremos con mayor frecuencia a la hora de buscar una solución cualquiera, serán aquellos que tengamos más presentes, que nos gusten más, o dicho de otro modo, nuestros preferidos, así que, construir soluciones con ellos resultará lo habitual. (toda forma de actuar de un individuo particular, contendrá multitud de elementos recurrentes) No obstante la gente no anda por ahí diciendo que cree en dios porque le gusta, ni emprende una batalla, o defiende causas varias por la misma razón, sin embargo tras las declaraciones, hay procesos mentales cuya lógica biológica está fundada en el gusto y las preferencias, a pesar de que queramos que nuestras decisiones parezcan surgidas como frutos de análisis objetivos, “racionales”, o carentes de “emocionalidad”. Pues resulta exactamente lo contrario, no existe decisión propia que no esté influida por nuestro gusto, aún aquellas que representen el mal menor, o la menor cantidad de disgusto. (la satisfacción, o consuelo del que se flagela o inmola por cualquier causa, debe ser mucho mayor que el dolor o sufrimiento que se infiera. Si no fuese así, no existirían entre otros, el boxeo, los deportes de alto riesgo, o el suicidio) Con todo, lo más importante de los procesos mentales con los cuales construimos soluciones, mediante la combinación de diferentes elementos de memoria, es que estos, precisamente por pertenecer a recuerdos distintos, no representan en su conjunto a un recuerdo real obtenido en un mismo evento perceptivo, sino que esta construcción representará a uno imaginario o fruto de la imaginación. Es muy probable que la mayor parte de todos los recuerdos de los seres humanos, contengan elementos imaginarios. De hecho, es posible que no existan en lo absoluto los recuerdos que abarquen toda el área de la percepción y sean estrictamente literales. Sin embargo también es cierto que habrán combinaciones de elementos que den como resultado, unas situaciones imaginarias más posibles que otras. (aún la memoria fotográfica es parcial) Consecuentemente con todo lo anterior, una creencia surgirá de una elaboración mental que implique, básicamente, el deseo (necesidad de satisfacer una búsqueda basada en el gusto) de encontrar una respuesta, explicación, o forma de solución de un problema cualquiera, a partir de imaginarla como real, o posible de alcanzar. Hecha esta descripción sumaria de los principales aspectos a considerar en la formación de las conductas humanas de origen mental, veremos como ellos constituyen el elemento central en la construcción de la cultura. Digamos que al igual que toda conducta individual, las colectivas o sociales, también estarán determinadas inicialmente por instrucciones instintivas específicas. Como estas instrucciones se encuentran en la memoria genética, se activarán cuando las condiciones orgánicas coincidan con las que sean percibidas en el medio ambiente, o dicho de otro modo, cuando el individuo esté receptivo a los cambios en éste. En estas circunstancias no se entiende la existencia de una memoria adquirida sino como una alteración o un exceso, en la capacidad de percibir y reaccionar a percepciones para las cuales no existen o no se han formado respuestas instintivas específicas. Por otro lado es muy probable que la mayor parte de estas respuestas se hayan originado con anterioridad al surgimiento de los mamíferos. En cualquier caso, y sea como fuere, siendo un hecho que la memoria adquirida existe y que ella registra valores de sensaciones. Podemos afirmar, que a diferencia de lo que ocurre con el “conocimiento genético”, que será interpretado del mismo modo por todos los individuos de la especie, los recuerdos (adquiridos por la vía de la percepción y la experiencia) serán distintos entre cada uno de ellos. (siempre dentro de ciertos rangos) Así que la primera condición indispensable para el desarrollo de una “cultura” es que las conductas de los individuos estén, al menos en parte, motivadas por el registro y uso de sus propias experiencias, y esto no puede lograrse sin la existencia de una memoria adquirida. La segunda condición indispensable es que, una vez generados los recuerdos, exista la capacidad de combinar sus diferentes elementos para crear con ellos recuerdos imaginarios originales. Sólo cuando estos sean utilizados para proyectar situaciones que no se han vivido, pero que se suponen posibles, se producirán las creencias. Las creencias pueden ser tan simples como por ejemplo, esperar a que algo ocurra sólo porque se recuerda que ya ocurrió antes. Así que el principio motor de las creencias puede estar presente en muchas especies. Es posible que, mientras más complejas sean las construcciones imaginarias, más complejas serán también las creencias y las relaciones sociales que se puedan elaborar con ellas. En consecuencia, si cada miembro de una agrupación comienza a actuar de acuerdo a sus experiencias, y a las ideas que pueda deducir de estas, lo más probable es que el ancestral orden genético de relaciones sociales tienda a romperse, lo mismo que ocurre en una familia numerosa cuando cada uno quiere hacer lo que le quiere, (por que le gusta) al margen de la colaboración en la satisfacción de las necesidades del conjunto. Tanto en caso de la familia como en el de una agrupación mayor, la solución a este problema comienza con el establecimiento de reglas. La enorme diferencia entre las reglas instintivas específicas, con las que adopten los miembros de la agrupación con ideas propias, es que estas últimas serán obtenidas por medio de acuerdos originales, que eventualmente pueden ser discutidos y rechazados, posibilidad que no existe entre las de origen genético. La gran variedad de acuerdos distintos que los seres humanos pueden alcanzar, obedecerá exclusivamente a los argumentos imaginarios que los integrantes de cada comunidad en particular sean capaces de crear y aceptar. Así que la cultura comienza con la construcción de acuerdos aún cuando sean tácitos y se hayan alcanzado a través de gestos, siempre y cuando estos no obedezcan a formas instintivas de comunicación (las abejas no tienen una cultura, lo suyo es una forma de operar instintiva específica). Obviamente todo acuerdo o consenso se buscará para coexistir (por muy precaria o efímera que sea la coexistencia) pero el hecho de que la haya, implica un modus vivendi que significará la obtención de alguna ventaja para quienes participen de él. Luego una cultura determinada surge espontáneamente como modelo de relación social, cuando individuos pertenecientes a una o diferentes agrupaciones, intentan comunicar algo que debe ser necesariamente explicado para obtener la colaboración o participación de los demás, puesto que los elementos culturales sólo se obtienen aprendiéndolos, de la misma forma como se instruye a los niños acerca de las costumbres de la comunidad. (nadie le explica a una hormiga, una abeja, un cocodrilo o una tortuga, qué deben hacer para comportarse como tales, ellos obtienen el total de sus patrones conductuales de su información genética.) Por otra parte, toda explicación (humana) constituye la manifestación de una creencia, aún cuando ella este referida a hechos o eventos ocurridos en el entorno natural, puesto que quien los expone necesariamente interpreta la realidad para poder comunicarla, y toda interpretación no es la realidad, ya que ésta es una sola y es ella misma. Es precisamente en el evento de la explicación que surge la comunicación y el lenguaje. (Las instrucciones instintivas específicas no requieren ser explicadas ni comprendidas, sino simplemente ejecutadas, el valor de la realidad para estas instrucciones está en la propia selección natural) Así que lo que comparten (nominalmente) todos los individuos de una misma cultura son sus creencias, las cuales influenciarán todos los demás actos de sus vidas. Las creencias de individuos particulares son la causa primera de la formación de una cultura, de su transformación, y de su extinción. Por mucho que posteriormente hayan otros aportes, también individuales, que contribuyan a la expansión y diversificación de esas creencias. Resumiendo diremos que, una forma cultural cualquiera constituye un modelo de relación social, basado en la coexistencia consensuada entre creencias diferentes, las cuales norman las relaciones y las actividades de los individuos dentro de esa comunidad. El predominio de ciertas expresiones concretas dentro de cada cultura, representarán el balance de poder de cada creencia en particular. Como toda cultura se estructurará en torno a lo que sus integrantes imaginen y crean, es decir, surja de la combinación de múltiples elaboraciones mentales individuales, sus fundamentos serán tan abstractos como las ideas en que se base, aunque aquellos tengan su origen primigenio en la observación de fenómenos reales o naturales. Las obras materiales desarrolladas en el contexto de las creencias de esas culturas, sólo tendrán pleno sentido para ellas mismas y para quienes las comprendan y compartan. Sergio Aranda Klein Santiago – Chile enero 2009 Apreciaremos sus comentarios |
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