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LO REAL Y LO FICTICIO

Tratar de encontrar la línea que separa lo real de lo ficticio no es tarea fácil. En algunos campos de la actividad humana la realidad se impondrá por si misma a través de las leyes que la gobiernan. Ninguna tecnología funcionará si contradice algunos de estos principios. En estos campos toda teoría, toda hipótesis deberá pasar con éxito la comprobación para poder afirmar que sus resultados son reales. ¿Pero qué ocurre en otras áreas donde las hipótesis no tienen cómo ser demostradas?, son muchas las afirmaciones que hacemos, que ni siquiera tienen con que compararse para saber si son ciertas o no. Por el contrario, en el caso de las tecnologías, los mecanismos, sistemas o procesos deben funcionar en el mundo real, deben respetar los principios físicos y químicos para que sean útiles y cumplan su propósito. ¿Pero qué pasa cuando una afirmación cualquiera no viola ninguno de estos principios y sin embargo no tenemos como  probar que es cierta?, como por ejemplo, que la democracia es el sistema de gobierno más justo. La democracia definitivamente no existe en la naturaleza, pero en ésta tampoco existe ningún sistema social parecido a cualquiera de los que han construido los seres humanos. Las leyes que nosotros hemos creado y que nos hemos impuesto para gobernar nuestras sociedades no son reales ni ficticias, no obedecen a ninguna ley física o química, pero de hecho existen porque las hemos establecido, las creemos y las aceptamos. (¿..?) Nosotros creamos una realidad que obedece sólo a nuestras propias leyes, pero que no tienen nada que ver con las del mundo real, y así como las hacemos las podemos interpretar, cambiar o deshacer. Ahora bien, mientras estas dos realidades no entren en contradicción pueden seguir coexistiendo, no hay ningún problema, puesto que la realidad de las relaciones sociales y comunitarias entre los seres humanos no alteran para nada la realidad de los principios del universo.

La ficción comienza, cuando en un intento por justificar nuestra construcción de un orden, social, cultural o político, (cualquiera que sea) apelamos a principios naturales para respaldarlo, (o peor aún, sobrenaturales) puesto que tal respaldo no existe. No es cierto que exista un supuesto orden natural en el cual estén establecidos ciertos fundamentos o valores que de algún modo sirvan de marco en el cual deban darse las relaciones humanas. En la naturaleza las conductas de los seres vivos no obedecen a ningún orden preestablecido, son ellos quienes en el proceso de adaptación desarrollaran aquellas que sean funcionales a su supervivencia, y serán válidas cualquiera que les permitan lograrlo. Lo que los individuos hagan o dejen de hacer en el contexto de su relación con sus congéneres sólo a la comunidad de la especie a la que pertenecen afecta, puesto que el único fin de la existencia de una especie es subsistir, aún en perjuicio de cualquier otra. Creer que de algún modo la naturaleza juzga, es una ficción, a lo más reacciona a nuestras acciones en un frío y mecánico proceso de acción y reacción. Lo real es que somos nosotros los que juzgamos y nos apoyamos en supuestos e improbables principios naturales para justificar nuestras acciones.

Para la naturaleza cualquier sistema social que nos demos será exactamente equivalente, ella no nos premiará ni castigará por ninguno en particular, seremos sólo nosotros los que nos beneficiemos o perjudiquemos del rumbo que tomen nuestras sociedades. Nuestra misión (que por supuesto es inventada, puesto que los seres vivos no tienen “misiones”, simplemente viven) como especie es sobrevivir y expandirnos, y como individuos pertenecientes a ella, hacerlo de manera de cumplir nuestro ciclo de vida en las mejores condiciones posibles.

Si en el largo camino de la evolución, alguna especie en su proceso de expansión afecta a otras de modo de alterar gravemente su subsistencia, la única opción para la, o las especies en peligro es la adaptación, si ello no es posible, sobrevendrá la extinción. Esta situación no es buena ni mala, simplemente es. Si la especie que da origen a la extinción de las otras, finalmente ve amenazada su propia existencia por haber alterado los equilibrios de los cuales dependía, entonces su disminución o desaparición será la consecuencia natural que de algún modo restaurará los equilibrios alterados, lo cual tampoco es bueno ni malo en términos de la naturaleza, simplemente es. En el caso de los seres humanos, que somos capaces de percibir las consecuencias de nuestros actos y valorarlos en términos de buenos o malos, será muy malo que afectemos tanto a nuestro entorno que pongamos en riesgo nuestra supervivencia, esto, desde nuestra propia y particular perspectiva como especie. Pero, para los virus, bacterias, insectos y otros organismos vivos que puedan afectarnos en su proceso de expansión, será también un proceso natural si nos llegasen a exterminar. Si esto ocurriera, y luego ellos mismos desapareciesen, no sería más que un nuevo eslabón interrumpido en la cadena de la evolución. Lo bueno, lo malo y lo feo, todo juicio de valor, existe en y para las percepciones y relaciones que se dan en el contexto del pequeño universo de lo humano, fuera de él las cosas simplemente son.

La relación de los seres humanos con el medio que nos rodea se da en dos niveles diferentes. Nuestra primera y más elemental relación es con el mundo natural, “la realidad” o “realidad natural”, es el lugar físico en donde se originan todos los procesos biológicos que permiten nuestra existencia. En éste nivel el ser humano es sólo una especie más, es un animal sometido a los mismos procesos de adaptación y supervivencia que les son comunes a todas las especies, como así también a todas las leyes naturales que rigen tales procesos. La existencia de este nivel es independiente de la voluntad, de las creencias y de la existencia humana.

El segundo nivel de relación con el medio, que podríamos llamar “realidad social” o “realidad imaginaria”, es con él mismo y con los miembros de su propia especie. Es en este nivel donde el ser humano interpreta la naturaleza, crea e inventa las formas en que se dan las relaciones con sus iguales, y entre ellos y el medio. Estas relaciones no existen en la realidad física de los procesos naturales, son fruto de su imaginación y su existencia depende de que ellos las construyan y las mantengan. Todas las organizaciones e instituciones humanas con sus múltiples formas son reales en este nivel y no en el primero, un ejemplo de ellas es el “estado de derecho”, por mencionar uno cualquiera entre muchos. Esta invención humana no es real ni tiene ningún fundamento en la naturaleza, sin embargo es real en la realidad social porque los seres humanos la han definido, establecido, y funciona dentro de los limites de su definición. Los lenguajes son otra invención humana, puesto que existen y funcionan en la medida que hayan humanos que lo utilicen y serán tan simples o complejos como ellos quieran. La capacidad de los seres humanos de cuestionar, dudar y modificar sus propias formas de relación, de organización, y sus creaciones, nos habla de la inmaterialidad de ellas y evidencia su origen artificial, puesto que la realidad física y las características biológicas que hemos heredado no dependen de la voluntad ni de la interpretación humana para existir.

La realidad social depende de la realidad natural puesto que es en ésta donde evolucionó la adaptación biológica, que hizo posible que los seres humanos crearan su mundo de relaciones imaginarias. El principio biológico de ésta adaptación está en la evolución del instinto de aprender, que es el que nos permite interpretar la realidad y extraer de ella la experiencia con que construimos las creencias, que son la base de nuestras relaciones y organizaciones.

En el proceso del aprendizaje adquirimos recuerdos, con ellos llenamos nuestra memoria para luego utilizarlos como información aprendida. En el largo camino de la especialización en el uso de ésta función instintiva, logramos aumentar de tal manera la capacidad de almacenar recuerdos (y el tamaño del cerebro), que finalmente fue inevitable mezclarlos y o combinarlos de modo de crear nuevos. Estos nuevos  recuerdos (el producto de imaginar) están basados en la realidad pero no se corresponden exactamente con ella, son diferentes. Todas las abstracciones son el resultado del proceso mental de extraer y ordenar los elementos comunes de muchos recuerdos (interpretar los recuerdos como información no ayuda a entender el problema).

La cantidad de combinaciones posibles de hacer con fragmentos de recuerdos, es equivalente a las formas que puede adquirir una gota de tinta vertida en un recipiente con agua. Son infinitas e impredecibles. (aunque si hay reglas para la creación de recuerdos inexistentes en la realidad, tienen que estar hechos de recuerdos que sí existen, no se puede inventar nada de la nada)

Resumiendo podemos afirmar que: Existen dos realidades de origen y características muy distintas. En la primera somos sólo animales y en la segunda personas. Ambas realidades coexisten porque son independientes una de otra en cuanto a que sus reglas funcionan siguiendo principios diferentes. La primera  es la realidad natural y la segunda una realidad de origen imaginario con consecuencias en el mundo real. Nacemos, envejecemos, enfermamos y morimos en la realidad natural. Adquirimos títulos, rango y posición en la realidad imaginaria. Somos individuos pertenecientes a la especie Homo sapiens sapiens, en la realidad natural y somos, reyes, gobernantes, sabios, intelectuales, empleados, humildes, o ignorantes, en la realidad de origen imaginario. En la realidad social imaginamos la tecnología y en la realidad natural la construimos. Los seres humanos hemos intuido desde siempre que tales realidades existen, sin embargo no hemos sabido explicar el porqué ni el cómo. La historia de la filosofía es la historia de la búsqueda de respuestas a estas dudas.

Tratar de hallar el origen de una facultad a partir del uso de ella misma, es una apuesta complicada. Sobre todo si la respuesta no se busca donde corresponde, que es en el ámbito de nuestra biología, de nuestra existencia en el mundo real. Para el común de las personas, la facultad de imaginar o pensar es tan extraordinaria, que su origen intuitivamente lo vinculan con fenómenos extraordinarios, sean del carácter que sean. (existe cierta negación de principio a tratar de buscar y encontrar el origen de nuestras facultades en nuestra propia biología, parece que eso no corresponde a las expectativas [imaginación] de la mayoría de las personas)

Ahora bien, los problemas existenciales humanos comienzan cuando tratamos de establecer relaciones entre éstas dos realidades. Las creaciones imaginarias humanas no tienen ninguna equivalencia, explicación ni verdad en la naturaleza, simplemente no existen en los términos que los humanos las hemos definido (un automóvil es solo un arreglo, o desarreglo, de moléculas de diferentes materiales). Las relaciones humanas obedecen a leyes naturales y son demostrables sólo hasta el nivel de funcionamiento de nuestros instintos y de los procesos biológicos implícitos.

Nuestra conducta animal es predecible mientras respondamos a nuestros instintos, cuando comencemos a utilizar la información aprendida, obtenida por medio del instinto de aprender, para generar conductas individuales se perderá toda posibilidad de predecir acciones futuras. Puesto que lo que es posible construir con nuestros recuerdos (“información”) y la capacidad de utilizarlos (imaginar), dependerá de cada persona y de su constitución biológica particular.

En general todo lo que imaginemos y construyamos responderá a nuestra propia invención sin más reglas ni leyes que las que nosotros mismos inventemos, las cuales sólo tendrán validez para los individuos de nuestra especie, y eso, siempre y cuando decidamos aceptarlas. Ninguna conducta o comportamiento, que no sea instintivo, tendrá explicación, justificación o será verdadero en el mundo natural. Así como no existe la democracia ni el estado de derecho en la naturaleza, tampoco existen ni tienen fundamento, ninguna otra forma de organización ni de relación perteneciente a nuestro mundo de relaciones de origen imaginario. (no hay ley natural que pueda explicar la infinita cantidad de tonterías que hacemos los seres humanos).

Cuando se dice que las instituciones son permanentes se está diciendo una falsedad, puesto que una institución que no existe en la naturaleza no puede ser permanente, es una creación humana y depende de los humanos para su existencia, tampoco depende de los ideales de sus fundadores desaparecidos, puesto que sus administradores serán los humanos vivos y serán ellos quienes guíen las acciones  institucionales presentes y futuras. Cualquier argumento para sostener que la institución tiene vida propia es un argumento retórico, falso, una ficción. Sin embargo la existencia de la institución es verdadera en la medida que quienes la mantienen aseguran que existe. Su existencia es real en el mundo de las creaciones humanas, lo falso es el argumento que trata de explicarla más allá de su existencia en ese plano. (la existencia de cualquier institución humana comienza con la declaración verbal que la funda de hecho, y la creencia de las partes de que es cierto, no hay más )

Las organizaciones religiosas son instituciones reales en el mundo imaginario de los seres humanos, sin embargo los argumentos que la justifican se basan en la premisa de la existencia de dios, un “ser” cuya característica principal es la de existir más allá de la realidad social, sin embargo tal premisa no puede ser probada en la realidad natural, luego el argumento es ficticio, falso. Sin embargo eso no significa que no goce  de buena salud en la realidad imaginaria, en ella es un “ser” muy importante para muchos seres humanos, lo falso es únicamente el argumento de su existencia fuera del mundo social.

Una prueba de que justamente la realidad social es imaginaria, es que no requiere de comprobaciones para existir. Las religiones no necesitan tener pruebas de la existencia de sus dioses ni de ninguna de sus afirmaciones para llevar a cabo sus objetivos sociales, porque basta que las personas lo imaginen, lo crean, para que funcionen. Por el contrario cualquier construcción en el mundo real deberá cumplir con las leyes naturales para funcionar. Cuando los niños juegan con objetos del mundo real atribuyéndoles funciones imaginarias, no esperan que ellas se hagan reales (demasiadas veces los adultos si).

Un último ejemplo: La patria existe en el mundo imaginario de los seres humanos. Si fundamos su constitución en antecedentes de carácter épico históricos, esos argumentos podrán ser verdaderos, puesto que tendremos registros históricos que nos demuestren que así es (argumentos dentro de la realidad social). Sin embargo, si queremos argumentar que nuestra patria se origina en nuestro mejor derecho divino, entonces nuestra razón será falsa puesto que no es posible probar, primero, que la divinidad existe más allá de la realidad social, luego, que de existir, (si de algún modo fuese posible) tenga los poderes que se afirman, y por último que efectivamente intercedió en nuestro favor. Sin embargo, una vez más es posible comprobar que no es necesaria una demostración para que la gente crea como le convenga. En la realidad social los derechos se obtienen y se hacen valer por la fuerza.

Lo maravilloso de ser un ser humano es que cualquiera puede inventarse su mundo propio, ya sea individual o colectivo, chico o grande. Puesto que ni siquiera los argumentos falsos, serán un impedimento para hacerlo. Después de todo hay innumerables personas que afirman tener poderes que les permiten contradecir  las leyes naturales y encuentran público suficiente para que les crean y los mantengan. (lo mismo ocurre con los políticos)

Los seres humanos somos los creadores de la realidad en que vivimos (unos más creadores que otros) y ésta no tiene nada que ver con las leyes de la realidad natural, a menos que tratemos de construir algo con materiales de esa realidad, porque ahí si tenemos que respetar todas las reglas naturales si queremos tener éxito.

Toda explicación que justifique conductas humanas podrá ser verdadera si las causas se originan en la realidad social o imaginaria. El arte, la política, los deportes, la entretención, etc. son actividades propias de los seres humanos que se fundamentan en la existencia de su propio interés dentro de la realidad social, no necesitan apelar a la existencia de leyes naturales para justificarlas. Aún así algunas de ellas podrían estar motivadas por situaciones estimulantes para las cuales hay respuestas que contienen elementos instintivos. Quizás si la actividad que más nos aleja de la realidad natural sea la actividad intelectual (todo argumento intelectual es imaginario), aunque a su vez y paradojalmente sea la actividad más cercana a nuestra condición animal, puesto que ella es fruto del uso intensivo de nuestra mayor especialización instintiva, la de aprender. (sería difícil encontrar una reacción instintiva distinta a la de aprender (saber), que pudiera motivarnos a leer un libro)

La capacidad de creer de los seres humanos no tiene limite, pensar que las religiosas son su máxima expresión es un acto de verdadera humildad. Los seres humanos en nuestro afán por constituirnos en criaturas realmente especiales dentro de la comunidad de lo vivo hemos ido construyendo durante siglos lo que hemos llamado “conducta civilizada” que no es más que el acto de renegar de nuestras conductas instintivas, aquellas que le atribuimos a los otros animales y que nos parecen muy poco decorosas para nosotros. En este largo y difícil proceso de reinventarnos hemos ideado la racionalidad, que por supuesto es otra característica imaginaria sin existencia en la realidad del mundo natural, sin embargo lo curioso es que tal civilidad y racionalidad se supone que se alcanzan cuando logramos reemplazar conductas instintivas por conductas aprendidas, pero resulta que el aprendizaje es una capacidad instintiva. En consecuencia, pretendemos ser menos animales (más civilizados) especializándonos cada vez más en nuestra principal conducta animal, el aprendizaje.

La capacidad de imaginar nos permite la construcción de realidades sociales que como no se pueden comprobar, simplemente existen hasta que son cambiadas por otras más funcionales a los nuevos proyectos imaginativos humanos, dependerán de los juegos de poder cuales sobrevivan y cuales no, y no de su compatibilidad con leyes naturales.

Hasta aquí hemos visto que lo ficticio, lo falso, dentro de la realidad social, son los argumentos que pretenden dar verosimilitud en el mundo real a una creencia que se origina en la realidad social, imaginaria. Cuando una persona afirma que puede volar (por sus propios medios), lo falso es que vuele, no que lo crea. Todas las creencias son verdaderas en el mundo imaginario. Pero aún así las creencias para ser aceptadas deben respetar las leyes imaginarias de la sociedad en que se expresa. Por ejemplo, los fundamentos religiosos de cristianos y musulmanes son iguales de imaginarios, sin embargo eso no los iguala ante ellos mismos. Llegado el caso, cada uno de ellos matará si es preciso por defender su particular creencia. El mundo imaginario es mucho más peligroso e incluso complejo que el real. Los argumentos de las creencias aunque no sean válidos en el mundo natural deben guardar coherencia con las creencias sociales más aceptadas por la comunidad. Otro ejemplo de ello es el que da más crédito a la visión de la virgen por parte de un religioso que a la de un fantasma por parte de un niño. Es muy posible que al contrario de lo que se suele afirmar, la capacidad de imaginar de un adulto sea muchas veces superior que la de los niños, después de todo cuentan con más recuerdos para elaborar los nuevos.

En la realidad imaginaria, lo que no es cierto, incluso lo que es mentira, forma parte de su esencia, puesto que en definitiva su construcción comienza con la interpretación parcial de la realidad natural, nunca con su conocimiento cabal, ni con la certeza absoluta. Es justamente la ignorancia, la ausencia de respuestas, de conocimiento, lo que nos permite buscar, explorar, y suponer cómo es que pueden ser las cosas en la realidad natural y en la social. Ésta suposición es la que nos lleva a imaginar, a inventar relaciones y soluciones que no sabemos si son o no reales, y ni siquiera, hasta donde podrían serlo. El no saber, el estar equivocado, será consustancial a la acción misma de imaginar. De lo contrario el aprendizaje no existiría.

Es obvio que quienes deben aprender son los que no saben. En la naturaleza, los que saben son quienes tienen respuestas instintivas, que en todo caso es un saber distinto al que se obtiene con el aprendizaje. Los que no saben tienen que aprender a encontrar las respuestas por ellos mismos. Entonces la cantidad de aprendizaje requerido por una especie dependerá de cuanta información instintiva tengan, y de cuan útil sea para su supervivencia.

Ahora bien, la capacidad de aprender y de imaginar nos puede llevar a presumir la existencia de relaciones entre los distintos objetos y fenómenos de la realidad natural, y al igual que lo hacemos respecto de la realidad social inventaremos relaciones (hipótesis) que trataremos de demostrar. Lo interesante es que estas hipótesis, a diferencia de lo que ocurre con las relaciones sociales, si se pueden demostrar. Es más, requieren que sean demostrables para poder sacar de ellas conclusiones que podamos utilizar.

Así pues inventamos la ciencia, que es el intento sistemático por descubrir las interacciones entre los distintos componentes del mundo natural. La ciencia cumple su propósito cuando formula leyes que explican el funcionamiento de esas relaciones. Estas leyes deben poder predecir el comportamiento de los fenómenos analizados para que sus enunciados sean ciertos, verdaderos. Una de las gracias de los fenómenos naturales es que son cíclicos, estables, permanentes, aún en sus variaciones hay regularidad, hasta lo aleatorio es regular dentro de cierto contexto.

En este caso tanto la observación como la comprobación se dan en el mundo natural, sólo la hipótesis pertenece al mundo imaginario, puesto que no puede ser de otra forma, no hay hipótesis si no hay quien la imagine, la invente, y esto es posible sólo en el contexto de nuestra realidad social o imaginaria. Tal vez existan otras especies que tengan sus propias realidades imaginarias, sin embargo no las hemos encontrado aún, apenas estamos descubriendo que vivimos en una.

Si no podemos encontrar regularidad en los fenómenos que observamos, ¿cómo podríamos hacer hipótesis?, ¿cómo suponer una causa y una consecuencia?, ¿cómo establecer la relación?.

Las ciencias sociales basan la premisa de sus postulados en que algunas regularidades deben tener las conductas de los seres humanos, después de todo, somos individuos de una misma especie, algo tendremos en común, ¿qué tan distintas pueden ser las conductas entre unos y otros?. Sin embargo las predicciones de las ciencias sociales son muy limitadas, apenas generalidades, ¿por qué? Una respuesta obvia es porque somos imprevisibles y solemos hacer cosas inesperadas, ¿y por qué podríamos ser tan imprevisibles?

Hemos explicado largamente que la mayor parte de las conductas humanas, están basadas en sus creencias ( las otras son producto de otros instintos) y que ellas no son “lógicas” o “racionales” (lo correcto sería decir que no obedecen a ninguna ley natural, puesto que lo lógico o racional tampoco corresponde a leyes o reglas naturales). No es posible prever o predecir las creencias que adoptará un individuo particular ni mucho menos como lo afectara en sus conductas. Las ciencias sociales en el mejor de los casos podrán establecer regularidades entre pequeños segmentos de la población cuyas creencias y conductas sean parecidas una vez que se hayan producido, no antes. Sin embargo ello tampoco es suficiente, puesto que la permanencia en el tiempo del grupo y sus características tampoco son predecibles, lo mismo se forma uno nuevo que desaparece uno antiguo. Las relaciones sociales son esencialmente dinámicas y variables. El objeto de estudio de las ciencias sociales es variable dentro de un abanico muy grande de posibilidades. (es muy posible que sean las conductas infantiles las más predecibles, pues los niños no viven de acuerdo a sus creencias, las cuales recién están formando)

En resumen cualquier regla sociológica podrá ser válida para el momento y el conjunto de la población estudiado, lo demás será sólo especulación. La capacidad de la sociología es mayor para explicar lo que ya pasó, que para predecir lo que va a ocurrir. No puede ser de otro modo.

Para finalizar hay que puntualizar que cualquier hipótesis que no tenga como demostrase en la realidad natural no tendrá validez en ella. Por el contrario una hipótesis generada en las relaciones de la realidad social podrá ser válida en esa realidad mientras las condiciones que le dieron origen se mantengan, es decir, aún cuando se produzca regularidad en la realidad social, ella siempre será temporal.

Sergio Aranda Klein
Santiago – Chile
Marzo 2007

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